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En
la vertiginosa transformación que ha experimentado el agro en los últimos años,
la empresa contratista se ha erigido como uno de sus agentes más dinámicos. Se podría
decir que la actividad de contratista nació prácticamente con la mecanización del
campo nacional. Es una rica historia, digna de ser conocida, porque se entrelaza
con el desarrollo económico y social de las principales provincias argentinas.
La
prestación de servicios para el campo es una profesión pero también un estilo de
vida. La otra cara de este trabajo forma parte, de manera inseparable, de su cotidiano
peregrinar por las rutas y los caminos de la Argentina.
 Los contratistas son indudablemente motores de la economía: Por un lado se encargan
de la recolección del 75% de los granos que se cultivan en el país y del 60% de
los trabajos de siembra y pulverización; sin tener tierras propias siembran considerables
extensiones en diferentes regiones abriendo fronteras y como si fuera poco concentran
más de 50% de las ventas de maquinaria agrícola en el país.
Cuando un contratista
decide invertir, está poniendo en marcha muchos engranajes de la economía de nuestra
nación.
Siempre está actualizado acerca de los lanzamientos de nuevas maquinarias. No pasa
por alto los avances e innovaciones que van surgiendo constantemente y que marcan
las tendencias a seguir para estar a tono con lo que pide el mercado.
Además, los
contratistas que llevan muchos años en el oficio se han convertido, en la práctica,
en “maestros” de los operarios que se fueron incorporando.
No quedan dudas que la
confianza que este eslabón principal de la cadena productiva agrícola posee hoy,
se ha ganado mediante la prestación de un servicio eficiente y una capacidad laboral
que lleva al productor a preferir un trabajo que, ya sabe de antemano, estará bien
realizado.
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